Su nombre lleva dos mil años siendo sinónimo de la peor de las traiciones. Entregó a su maestro por treinta monedas de plata y lo señaló ante sus enemigos con un beso. La historia de Judas Iscariote es, probablemente, la traición más conocida de la civilización occidental. Y sin embargo, más allá de la imagen del villano absoluto, el propio relato de los evangelios guarda matices que casi nadie recuerda, y existe incluso una versión antigua que le da la vuelta por completo.
Quién fue Judas Iscariote
Judas Iscariote era uno de los doce apóstoles, el círculo más cercano de Jesús de Nazaret según los evangelios. No era un seguidor secundario: los textos le atribuyen un papel de confianza, el de encargarse de la bolsa común, es decir, el dinero del grupo. Era, en cierto modo, el tesorero.
El sobrenombre «Iscariote» no se ha explicado con total seguridad. La interpretación más habitual lo relaciona con su lugar de origen, la localidad de Queriot, lo que lo convertiría en el único de los doce apóstoles que no procedía de Galilea.
Lo que sí comparten todos los relatos es el desenlace: fue él quien entregó a Jesús a las autoridades del Templo.
Las treinta monedas de plata
Según los evangelios, las autoridades religiosas de Jerusalén llevaban tiempo buscando la manera de detener a Jesús sin provocar un tumulto entre la multitud que lo seguía.
Judas les ofreció la solución: entregárselo en un momento discreto, lejos de la gente. A cambio, según el relato, recibió treinta monedas de plata.

Esa cifra tiene un peso simbólico enorme. En la época, treinta piezas de plata era aproximadamente el precio de un esclavo, lo que ha llevado a muchos a leer el detalle como una forma de subrayar lo poco en que se «valoró» la entrega. La expresión «vender por treinta monedas» sigue usándose hoy para describir una traición por un beneficio mezquino.
El beso de Judas
El momento de la entrega es, quizá, la escena que ha fijado a Judas en la memoria colectiva.
Según el relato, la detención tuvo lugar de noche, en el huerto de Getsemaní. Como los guardias no conocían a Jesús personalmente, hacía falta una señal para identificarlo entre sus acompañantes en la oscuridad.
La señal que eligió Judas fue un beso en la mejilla, un gesto habitual de saludo y afecto entre maestro y discípulo. Al que besara, ese era el hombre que debían prender.
Por eso, dos mil años después, la expresión «el beso de Judas» define la traición más cruel de todas: la que se disfraza de cariño.

Lo que casi nadie cuenta: el arrepentimiento
Aquí está la parte de la historia que la imagen popular del villano suele olvidar.
Según el Evangelio de Mateo, Judas no quedó indiferente ante lo que había hecho. Al ver las consecuencias de su entrega, se arrepintió, volvió al Templo e intentó devolver las treinta monedas, declarando que había entregado «sangre inocente». Los sacerdotes las rechazaron.
Desesperado, Judas arrojó el dinero, se marchó y, según ese mismo relato, acabó con su propia vida. Los evangelios difieren en los detalles de su muerte, pero coinciden en que su final fue trágico.
Es decir: incluso en el relato tradicional, Judas no es solo un traidor frío. Es también una figura que se hunde bajo el peso de su propio acto.
La otra versión: el Evangelio de Judas
Existe además un texto antiguo que cambia por completo la perspectiva. Se trata del llamado Evangelio de Judas, un manuscrito gnóstico del siglo II redescubierto y publicado hace pocas décadas.
En ese texto —considerado apócrifo, es decir, fuera del canon oficial de la Iglesia— Judas no aparece como el peor de los apóstoles, sino como el único que comprende realmente a Jesús. Según esta versión, la entrega no fue un acto de maldad, sino una misión que el propio Jesús le encomendó como parte de un plan necesario.
Conviene ser claro: este texto no forma parte de los evangelios reconocidos y refleja las ideas de una corriente concreta del cristianismo primitivo, no un hecho histórico comprobado. Pero su existencia demuestra que, ya en los primeros siglos, había quien miraba la figura de Judas de una forma muy distinta a la del villano absoluto.
Por qué la historia de Judas Iscariote sigue fascinando
Dos mil años después, seguimos usando el nombre de Judas Iscariote como el peor de los insultos. Su figura ha inspirado pinturas, novelas, canciones y debates teológicos interminables.
Y lo que mantiene viva su historia es precisamente su ambigüedad. ¿Fue un traidor movido por la codicia? ¿Un hombre que se arrepintió demasiado tarde? ¿Un instrumento necesario dentro de un plan mayor? El relato tradicional, su arrepentimiento y las versiones alternativas conviven en una figura que resulta mucho más compleja que la etiqueta de «traidor» con la que ha pasado a la historia.
Quizá esa sea la lección: que incluso la traición más famosa de todos los tiempos esconde más matices de los que la memoria popular ha querido recordar.
Como la traición de Julio César y Bruto, la de Judas demuestra que las mayores traiciones de la Antigüedad siguen fascinándonos dos mil años después.
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