Mataron a su marido. Después le pidieron matrimonio. Fue el peor error de sus vidas. La historia de Olga de Kiev es una de las más salvajes de toda la Edad Media, y también una de las menos conocidas fuera de Europa del Este: la de una viuda que convirtió su duelo en una campaña de exterminio metódica y que, siglos después, acabó siendo canonizada por la Iglesia.
Olga es una de las protagonistas de nuestra serie sobre mujeres que la historia olvidó.
Quién fue Olga de Kiev
Olga vivió en el siglo X y fue esposa del príncipe Ígor, gobernante de la Rus de Kiev, el estado eslavo oriental fundado por los varegos —vikingos llegados desde el norte— del que descienden Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
Lo que sabemos de ella procede sobre todo de la Crónica de Néstor, escrita más de un siglo después de los hechos. Eso significa que su historia mezcla acontecimientos reales con relato épico: las cifras y algunos detalles están seguramente magnificados. Pero el núcleo —una regente que gobernó con mano de hierro y aplastó a la tribu que asesinó a su marido— está aceptado como histórico.

El asesinato que lo desencadenó todo
En el año 945, el príncipe Ígor salió a cobrar el tributo anual a los drevlianos, una tribu vecina sometida. Cobró, se marchó y, no satisfecho, volvió a por más con una escolta reducida.
Los drevlianos decidieron que aquello se había acabado. Lo capturaron, ataron sus piernas a dos árboles jóvenes doblados hacia el suelo y los soltaron.
Olga se quedó viuda, con un hijo de tres años, Sviatoslav, y un trono que muchos querían. Asumió la regencia. Y los drevlianos, envalentonados, cometieron el error de pensar que una mujer sola sería fácil de manejar.
La venganza de Olga de Kiev, paso a paso
Lo que impresiona de la venganza de Olga de Kiev no es solo la brutalidad: es la paciencia. No fue un arrebato. Fue una operación en cuatro fases.

1. Los embajadores enterrados vivos
Los drevlianos enviaron veinte hombres a Kiev para proponerle que se casara con el príncipe Mal, el mismo que había ordenado matar a Ígor.
Olga los recibió con honores. Les dijo que, siendo hombres tan importantes, al día siguiente serían llevados en volandas ante ella, en su propia barca, como muestra de respeto. Los drevlianos aceptaron encantados.
Aquella noche, Olga mandó cavar una fosa enorme. A la mañana siguiente, sus criados cargaron la barca con los embajadores dentro y la arrojaron al hoyo. Olga se asomó al borde y les preguntó si el honor recibido les parecía suficiente. Después ordenó cubrirlos de tierra.
2. El baño en llamas
Sin esperar noticias, Olga envió un mensaje a los drevlianos pidiendo que le mandaran a sus hombres más ilustres, para que la escoltaran con la dignidad que merecía su nuevo matrimonio.
Cuando llegaron, los invitó a un baño de vapor para asearse tras el viaje. Cerró la puerta desde fuera y prendió fuego al edificio con todos dentro.
3. El banquete funerario
Entonces viajó a la ciudad de los drevlianos y pidió celebrar el banquete funerario por su marido, según la costumbre. Los anfitriones bebieron hasta caer. Cuando estuvieron completamente borrachos, Olga se retiró y dio la orden a su guardia.
Las crónicas hablan de miles de muertos aquella noche.
4. Los pájaros incendiarios
Los supervivientes se atrincheraron en Iskorosten, su capital fortificada, y aguantaron un asedio de un año.
Olga les ofreció entonces la paz a cambio de un tributo humilde, casi humillante por lo pequeño: tres palomas y tres gorriones por cada casa. Los drevlianos, aliviados, aceptaron y pagaron.
Olga repartió los pájaros entre sus soldados con una orden: atar a cada uno un trozo de tela con azufre encendido y soltarlos al anochecer. Los pájaros hicieron lo único que sabían hacer: volver a sus nidos, bajo los aleros de las casas de la ciudad.
Iskorosten ardió entera en una sola noche.
De la venganza a la santidad
Aquí es donde la historia de Olga da su giro más extraño. Tras someter a los drevlianos, gobernó como regente durante unos quince años. Reorganizó el sistema de tributos para evitar que se repitiera lo que había matado a su marido, estableció puntos fijos de recaudación y consolidó el poder de Kiev.
Y en torno al año 957 viajó a Constantinopla y se convirtió al cristianismo, siendo la primera gobernante de su dinastía en hacerlo. Su hijo Sviatoslav se negó a seguirla, pero su nieto Vladimiro acabaría cristianizando toda la Rus.
Por ese papel como primera cristiana de su linaje, la Iglesia Ortodoxa la canonizó y la declaró isapóstol, «igual a los apóstoles», un título reservado a muy pocas figuras.
La misma mujer que enterró viva a una embajada es hoy una santa.
Por qué la historia de Olga de Kiev sigue incomodando
Olga de Kiev no encaja en ninguno de los moldes en los que la historia suele colocar a las mujeres poderosas. No es la víctima, no es la esposa influyente, no es la reina piadosa. Es una gobernante que hizo exactamente lo que se esperaba de cualquier señor medieval en su situación —vengar a su antecesor y aplastar una rebelión— y lo hizo mejor que la mayoría de ellos.
Puede que las crónicas exageraran los detalles. Pero incluso descontando la leyenda, queda una regente que mantuvo unido un estado en su momento más frágil, y que la posteridad recuerda por su crueldad tanto como por su santidad. Pocas figuras medievales, hombres o mujeres, sostienen esas dos cosas a la vez.
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