Su trabajo era cazar espías soviéticos. Dirigió durante años la sección anticomunista del servicio secreto británico, cenó con los jefes del espionaje occidental y llegó a ser candidato a dirigir el MI6. Y durante casi tres décadas, Kim Philby fue en realidad el mayor espía que la Unión Soviética tuvo jamás dentro de Occidente. Su historia es la traición perfecta: la del hombre que pasó su vida entera fingiendo ser exactamente lo contrario de lo que era.
Quién fue Kim Philby
Harold Adrian Russell «Kim» Philby nació en 1912 en el seno de una familia británica acomodada y bien relacionada. Estudió en Cambridge, una de las canteras de la élite dirigente del país, y allí, en los años treinta, abrazó el comunismo como muchos jóvenes idealistas de su generación, horrorizados por el ascenso del fascismo en Europa.
La diferencia es que Philby no se limitó a simpatizar con la causa. Fue reclutado por la inteligencia soviética siendo aún estudiante, años antes de acercarse siquiera al gobierno británico. Formaba parte de lo que después se conocería como los «Cinco de Cambridge», un grupo de jóvenes brillantes que la URSS colocó, con paciencia de décadas, en el corazón mismo del Estado británico.

El ascenso del topo
El plan soviético era de una paciencia extraordinaria. En lugar de usar a Philby de inmediato, lo dejaron construir una carrera impecable.
Philby ocultó su pasado comunista, se ganó una reputación de conservador fiable e ingresó en el MI6, el servicio de inteligencia exterior británico. Su encanto, su inteligencia y sus contactos hicieron el resto: ascendió sin descanso.
Y aquí está la parte que parece imposible de creer: llegó a dirigir la sección del MI6 dedicada a la lucha anticomunista. Es decir, el hombre encargado de detectar y neutralizar a los agentes soviéticos en Occidente era, él mismo, el agente soviético más valioso de todos.
Casi treinta años de doble juego
Durante décadas, Philby jugó a dos bandas con una sangre fría asombrosa.
Cada secreto británico y estadounidense que pasaba por sus manos —y por su posición pasaban muchísimos— acababa en Moscú. Filtró operaciones enteras. Reveló identidades de agentes occidentales. Los historiadores calculan que varias operaciones fracasaron y que un número indeterminado de agentes perdieron la vida por la información que Philby entregó a la URSS.
Uno de los episodios más graves ocurrió a finales de los años cuarenta, cuando Occidente intentó infiltrar agentes en Albania para derrocar a su régimen comunista. Philby, que conocía el plan, lo transmitió a Moscú. La operación fue un desastre y muchos de los infiltrados fueron capturados nada más llegar.
Mientras tanto, Philby seguía cenando con los altos mandos del espionaje británico y estadounidense, que lo consideraban uno de los suyos y confiaban plenamente en él.
Las primeras sospechas
La fachada empezó a agrietarse en 1951. Dos de sus compañeros de Cambridge, también espías soviéticos —Guy Burgess y Donald Maclean—, estaban a punto de ser descubiertos, y Philby los avisó a tiempo para que huyeran a Moscú.
Su fuga dejó a Philby bajo sospecha: había sido amigo íntimo de ambos. Fue interrogado una y otra vez durante años. Pero Philby era demasiado hábil. Nunca confesó, nunca dejó una prueba concluyente, y su encanto y sus contactos le permitieron sobrevivir a cada investigación. Incluso fue defendido públicamente por un ministro británico, que declaró ante el Parlamento que no había nada contra él.
La huida final
El cerco, sin embargo, se fue estrechando. A comienzos de los años sesenta aparecieron nuevos testimonios que lo señalaban de forma cada vez más directa.
En enero de 1963, mientras trabajaba como periodista en Beirut —una tapadera que combinaba con sus últimos servicios a la inteligencia británica—, Philby desapareció una noche sin dejar rastro.
Reapareció en la Unión Soviética. Moscú lo recibió como a un héroe.
El héroe de Moscú
Philby vivió el resto de su vida en la URSS, condecorado y tratado con honores por el régimen al que había servido en secreto durante tanto tiempo. Le concedieron la Orden de Lenin y el rango de la KGB.
Sin embargo, quienes lo conocieron en aquellos años describen a un hombre que nunca terminó de encajar, que bebía en exceso y añoraba la Inglaterra que había traicionado. Murió en Moscú en 1988, y fue enterrado con honores militares.
El hombre cuyo trabajo era proteger los secretos de Occidente los había estado entregando durante media vida.

Por qué la traición de Kim Philby sigue fascinando
La historia de Kim Philby es la gran traición del siglo XX porque no fue un acto, sino una vida entera. No traicionó en un momento de debilidad ni por dinero: lo hizo durante casi treinta años, con una convicción y una sangre fría que aún hoy cuesta comprender.
Su caso obligó a los servicios secretos occidentales a replantearse todo lo que creían saber sobre la confianza y la lealtad. Si el hombre encargado de cazar topos era el topo, ¿de quién podían fiarse? Esa paranoia marcó la inteligencia occidental durante décadas.
Philby demostró que la traición más eficaz no es la ruidosa, sino la que se disfraza de lealtad absoluta y espera, con paciencia infinita, el momento de hacer daño. Y por eso, más de medio siglo después, su nombre sigue siendo sinónimo de la palabra «traidor».
Como en el caso de Trotski y Stalin, la Guerra Fría estuvo marcada por traiciones que decidieron el rumbo de la historia.
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