Uno de ellos organizó el Ejército Rojo y fue una de las voces de la Revolución Rusa. El otro no descansó hasta borrarlo de las fotografías, de los libros y, finalmente, del mundo. La historia de Trotski y Stalin es la de dos hombres que construyeron juntos la Unión Soviética y acabaron enfrentados en una persecución que cruzó continentes y terminó con un piolet clavado en un despacho de México. Es una de las traiciones políticas más frías y metódicas del siglo XX.
Dos hombres en la cima de la revolución
En 1917, cuando la Revolución de Octubre llevó a los bolcheviques al poder en Rusia, dos figuras destacaban junto a Lenin.
León Trotski era el orador brillante, el intelectual, el hombre que organizó el Ejército Rojo y lo condujo a la victoria en la guerra civil rusa. Para muchos, era el sucesor natural de Lenin.
Iósif Stalin era lo contrario: discreto, poco carismático, un organizador paciente que había ido acumulando poder dentro del aparato del partido desde su cargo de secretario general. Casi nadie lo veía como una amenaza. Ese fue su gran activo.
Cuando Lenin murió en 1924, el enfrentamiento entre ambos por el rumbo de la Unión Soviética se volvió inevitable.

La caída de Trotski
Tras la muerte de Lenin, el enfrentamiento entre Trotski y Stalin se volvió inevitable.
Stalin no derrotó a Trotski en un debate ni en una votación abierta. Lo hizo en la sombra…
Tejió alianzas temporales con otros dirigentes para aislar a Trotski, y cuando ya no lo necesitaban, se deshizo también de esos aliados. Poco a poco, Trotski fue perdiendo todos sus cargos.
Primero lo apartaron del poder. En 1927 fue expulsado del Partido Comunista. Después lo desterraron a Asia Central. Y finalmente, en 1929, fue expulsado de la Unión Soviética por completo.
Pero apartarlo no bastaba. Stalin puso en marcha algo más ambicioso: borrar a Trotski de la propia historia de la revolución. Su imagen fue eliminada de las fotografías oficiales. Su nombre desapareció de los libros. El hombre que había comandado el Ejército Rojo fue convertido en un no-persona, un enemigo del pueblo al que nunca había existido.
La persecución por medio mundo
Trotski inició un largo exilio: Turquía, Francia, Noruega. En cada país, la presión soviética acababa forzando su expulsión.
Desde el exilio, siguió escribiendo y denunciando a Stalin, convirtiéndose en la voz crítica más incómoda del régimen. Y Stalin no lo olvidó.
Durante los años treinta, mientras las Grandes Purgas eliminaban en la URSS a casi todos los viejos bolcheviques —muchos acusados falsamente de ser «agentes de Trotski»—, los servicios secretos soviéticos preparaban su golpe final.
Trotski encontró asilo por fin en México, en 1937, acogido en la Casa Azul de la pintora Frida Kahlo y su marido Diego Rivera, y después en una casa fortificada en el barrio de Coyoacán.

El primer intento
En mayo de 1940, un comando armado asaltó la casa de Coyoacán. Dispararon más de doscientas balas contra el dormitorio.
Trotski y su esposa sobrevivieron escondiéndose en el suelo. Fue un fracaso, pero dejó claro que Stalin no iba a detenerse.
El piolet
El plan que funcionó fue más paciente. Un agente llamado Ramón Mercader se había infiltrado en el círculo de Trotski durante meses, haciéndose pasar por un simpatizante enamorado de una de sus colaboradoras. Se ganó su confianza poco a poco hasta poder entrar en la casa sin levantar sospechas.
El 20 de agosto de 1940, a solas con Trotski en su despacho mientras le mostraba un texto, Mercader sacó un piolet de montañero que llevaba oculto y le asestó un golpe en la cabeza.
Trotski luchó, gritó y forcejeó con su atacante. Murió al día siguiente en el hospital.
El hombre que había ayudado a fundar la Unión Soviética fue asesinado por orden del hombre que la gobernaba, a más de diez mil kilómetros de Moscú.
La traición que definió una época
La historia de Trotski y Stalin no es solo la de una rivalidad personal. Es el símbolo de cómo la revolución acabó devorando a sus propios creadores.
Stalin no se limitó a vencer a un rival: intentó abolir su existencia, reescribir el pasado para que pareciera que Trotski nunca había importado. Y durante décadas, en la Unión Soviética, casi lo consigue.
Ramón Mercader cumplió veinte años de cárcel en México sin revelar nunca quién lo había enviado. Al salir, viajó a la Unión Soviética, donde fue condecorado en secreto como Héroe de la Unión Soviética. La medalla confirmaba lo que todos sabían: la orden había venido de lo más alto.
Trotski había escrito, poco antes de morir, que la historia acabaría poniéndolo en su lugar. Tenía razón: hoy su nombre está de nuevo en los libros de los que Stalin intentó borrarlo.
La historia de Trotski y Stalin nos recuerda que siempre han existido traiciones históricas como la de Julio César y Bruto
Y ya en el siglo XX, la traición de Kim Philby llevó el engaño hasta el corazón del espionaje occidental.
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